Siempre habrá una segunda oportunidad

“Aprendemos de nuestros errores”…

Foto-Articulo

En mi vida, la mayoría de los grandes amigos que he tenido me los ha dado el fútbol y el protagonista de esta historia no es la excepción. Siempre que hablo de él, lo recuerdo como el primer amigo que tuve en Nueva York.

Rubio, alrededor de sus 40, ojos que no pude descifrar a primera vista de que color eran -si azules o grises- y rodando por la ciudad con su longboard (una patineta de esas largas). Así es mi recuerdo de cuando lo conocí, en un partido de futsal.

Desde el primer momento que hablé con él sentí una afinidad especial, tal vez porque su aire californiano, descomplicado, alegre, respetuoso y siempre positivo rayaba totalmente con el abrumante estilo de vida en Nueva York. Además, era buzo profesional, lo que añadía algo enigmático a su personalidad.

Nos volvimos compañeros regulares de juego, así que después de cada partido hablábamos por un rato y en ocasiones íbamos a un bar cercano a tomar algo para refrescar el gaznate. Con sus mojitos vírgenes, desde el primer momento dejó algo muy en claro, no tomaba alcohol, lo que no me llamó mucho la atención en su momento.

Estaba casado, era un amante del fútbol y una lesión de rodilla lo hacía siempre llevar un soporte especial para jugar… se convirtió en un compadre, en un muy buen amigo.

No recuerdo exactamente cuándo pasó, pero un día simplemente desapareció. No más fútbol, no más mensajes, no más llamadas… Intenté localizarlo en repetidas ocasiones pero no supe más sobre él. Tal vez regresó a su natal California, tal vez se mudó a otro país o tal vez se mamó de New York y mandó todo a las tres mier… ¿Qué pasó con él? No sabía. Lo cierto es que se esfumó.

Gracias a la magia de las redes sociales, en julio del 2016, una solicitud de amistad inesperada trajo una linda sorpresa a mi día. Después de más de dos años volvía a saber de él. Me alegró mucho ver que estaba bien. Espiando sus fotos me di cuenta de que ahora tenía una hija hermosa -rubia y de ojos claros-, que ahora estaba viviendo en Pensilvania, qué aún estaba jugando fútbol y qué también seguía montando su tabla.

Me dijo que pronto estaría de vuelta en la ciudad y bueno, el plan no podía ser otro que ir a darle patadas a la pecosa para celebrar el reencuentro. No hablamos por varios meses y de hecho nunca supe cuándo regresó, pero un día nos encontramos durante un partido. Él estaba en su juego y yo tenía entrenamiento con mi equipo.

Tan pronto pudimos nos saludamos con un gran abrazo. Él siempre amable y cool. El mismo personaje que conocí años atrás, pero ahora con el pelo largo… ¡vaya coincidencia!

Le pregunté por su hija, el fútbol, su vida… por supuesto le pregunté qué había pasado con él y por qué desapareció tan repentinamente sin decirle nada a nadie. La respuesta que me dio me quedó grabada en la mente, nunca esperé lo que estaba por decirme.

“Andrés, eres mi amigo y no te quiero mentir, estuve en la cárcel por dos años. Me detuvieron manejando alcoholizado”. No sé si él lo notó pero quedé en shock. Lo que me dijo me tomó por total sorpresa y miles de pensamientos me pasaron por la cabeza. Algunos cabos sueltos de la historia comenzaron a atarse en mi mente pero aún tenía cientos por unir.

Hablamos tan solo por un par minutos y desde esa noche un pensamiento punzaba mi cabeza: cómo una mala decisión te puede cambiar por completo la vida.

Como seres humanos, todos los días estamos enfrentando decisiones constantes y algunas pueden alterar totalmente el curso de nuestra existencia, para bien o para mal. En el caso de mi amigo, tuvo que tocar fondo para entender que su vida necesitaba un cambio radical, un cambio que nunca hubiera hecho si el 1 de septiembre del 2013 un policía no lo hubiera detenido a escasos metros de su casa.

Las siguientes dos veces que me encontré con él, por su puesto para jugar, nos reunimos en un café antes del partido y me contó todo lo que pasó, su experiencia en la cárcel y su problema con la bebida, el cual yo desconocía por completo.

Este año celebra su cuarto aniversario de sobriedad, sin tomar ni una gota de alcohol, pero cómo él dice, le tomó 43 años de su vida darse cuenta de que tenía un problema, darse cuenta de que el alcohol lo dominaba. Perder su libertad ha sido la mayor prueba que ha enfrentado.

Meses antes de su detención, se había separado de su esposa, por la bebida. Siempre pensó que los del problema eran los demás, no él. Creía que era un “bebedor social”, de esos que cada fin de semana decide tomarse una cervecita, porque ¿qué de malo tiene una cerveza cierto?

Muchos hemos crecido en lugares en donde ser un borrachín no tiene nada de malo, es más, hace parte de nuestra cultura y es aceptado como algo normal. Todos hemos escuchado frases como “¿la última y nos vamos?” o “¿Una vez al año no hace daño?”. Y aunque no estoy tratando de criticar o decir que sea incorrecto tomarse una copa de vino o una pola, el hecho de que emborracharse sea parte de nuestra cotidianidad es sin duda algo para analizar. O por lo menos así lo siente el protagonista de esta historia.

No era la primera vez que conducía con algunas copas de más, de hecho, sabe que irresponsablemente manejó más de una vez mucho más alicorado que ese domingo 1 de septiembre. También recuerda que ese día, estaba consciente de que no debía manejar. Llamó a un amigo para que lo recogiera, pero también estaba bebiendo.

Ese día, cambió por completo su vida y su relación con el alcohol. En agosto del 2013 completaba nueve meses sin tomar, estaba recuperando su relación con su esposa, trabajando y viviendo con un amigo de su infancia, quien la única condición que le puso para ayudarlo fue: “cero alcohol”. Sintió que tenía su vida nuevamente bajo control.

Luego de una reunión con algunos amigos, en la que no bebió ni una sola gota de licor, con una simple decisión (o tentación) tiró a la basura todo lo que había logrado. “¿Por qué no celebrar con un trago este cambió en mi vida?”, pensó, así como muchos hemos dicho y escuchado “solo una y nos vamos”.

Ese trago se transformó en dos, tres, cuatro… Tenía $150 en su bolsillo y todo se quedó en el bar. Coqueteaba con la mesera, le importó un carajo todo lo que le costó reconstruir su relación con su esposa. Lo sacaron del lugar y llegó a un segundo. Allí, sin dinero, le pedía a la gente que le comprara un trago. Lo sacaron de allí también. Llegó a un tercer bar, en donde corrió con la misma suerte.

La sobriedad le llegó en la estación de policía, en donde totalmente avergonzado tuvo que llamar a su amigo, aquel que le había extendido la mano para levantarlo del piso con una sola condición: “cero alcohol”.

No es fácil hacer frente a los problemas que tenemos en la vida, nada fácil. Pero resulta aún más complicado asimilar que los responsables de las dificultades o situaciones que afrontamos somos nosotros mismos. Siempre es más simple culpar a los demás. “Es que mis amigos toman mucho”, “es que me obligaron a fumarlo”, “me despidieron porque mi jefe no me quería”; nunca faltará un culpable para cada escenario.

Luego de años de señalar a los demás por sus problemas, estando privado de su libertad, entendió que el responsable de sus acciones, decisiones y errores no era otro que él mismo. De la misma forma se dio cuenta de que él era el único que podía sacarse del atolladero en el que estaba.

Tras su detención, esperaba que al igual que en otras ocasiones la cuestión no pasara de un pequeño regaño, una multa o algunos días de detención. Así que decidió no compartir nada con su esposa, ocultarlo y simplemente continuar con su vida, como si nada hubiera pasado.

Tuvo que asistir a la corte en varias ocasiones, pero con el paso de las audiencias se dio cuenta de que esta vez su error no sería castigado con una pequeña palmada en la mano. Un día antes de que recibiera su sentencia de dos años en prisión, le confesó a su esposa por lo que estaba atravesando… La decepción de su compañera no pudo ser mayor.

La vida siempre está llena de sorpresas y en ocasiones debemos estrellarnos contra el muro de la forma más dramática para reaccionar. Su esposa le reveló que estaba esperando un bebito. No pudo ayudar a su pareja durante el embarazo, no pudo asistir al nacimiento de su hija. Entonces, extrañó de sobremanera su libertad.

Contra todo pronóstico de lógica y entendimiento, su esposa esperó por él. Fueron muchos los fines de semana que viajó para visitarlo, para estar con él, para apoyarlo, para demostrarle que su amor era incondicional y para que viviera de alguna forma su nuevo rol como papá. Ella es una doctora en la ciudad de Nueva York.

Los últimos meses de su sentencia, recuperó algo de su anhelada libertad. Le permitían compartir con su esposa y bebita. Ese fue el momento en que volví a saber de él, a través de Facebook y ahora también sé que cuando lo conocí, estaba en medio de su proceso legal y en sus primeros meses de sobriedad.

Hoy, cuando mira hacia atrás, sabe que estar en la cárcel ha sido no solo la prueba más difícil de su vida, pero también una que lo transformó para mejorar. “Life is good” (la vida es buena), siempre me dice cuando le preguntó cómo está.

Sabe más que nadie, que la vida le ha dado una segunda oportunidad y que tiene absolutamente todo lo que necesita para ser feliz, ni un poquito más, ni un poquito menos. Se siente bendecido por todo lo que tiene y además comparte que la gratitud es el sentimiento que llena su corazón hoy en día. También es consiente de que tiene aún mucho por mejorar como ser humano, como papá, como esposo y como hombre.

“Hoy puedo comprender mis sentimientos, mis emociones, mi espiritualidad”, me dice. También entiende por qué no pudo alcanzar muchos de sus sueños y lamenta haber dejado pasar tantos momentos especiales ya que su energía estaba enfocada en el lugar equivocado.

Soy un creyente en las segundas oportunidades de la vida, sea la situación que sea. Siempre habrá un momento de enmendar ese error, esa palabra, esa injusticia, esa acción por grande que sea. Desde que me reencontré con él, quería compartir lo que vivió, aprendí mucho de su experiencia y entendí mucho más sobre el alcoholismo.

Luego de conocer su historia, cada vez que lo veo partir en su patineta no siento nada más que admiración y respeto por lo que es… Y le agradezco enormemente, quitándomele el sombrero, por tener la transparencia, confianza y valentía de compartir su vida a través de este escrito, esperando que tal vez le llegue a la persona indicada en el momento indicado.

Previous Post
¡Me mamé de Alpha!
Next Post
Señores, ¡hablemos de fútbol!
About the Author

Andres Rubiano

Apodado desde muy temprana edad como Andrés Felipe. Es originario de las salvajes tierras bogotanas (Colombia) en donde fue criado con arroz, papa y carne para convertirse en un muchacho prodigio de… bueno, aún no sabemos, pero para algo bueno debió ser enviado a este mundo. Desterrado de su tierra, buscó refugio en las frondosas […]

Comentarios